José Luis Restán

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La figura de Rolando Álvarez, el obispo de Matagalpa, encarcelado por la dictadura de Ortega y Murillo, ha saltado por fin a la primera plana. Y eso es bueno, porque supone una cierta protección para él, ante el incierto futuro que le espera. Hasta el pasado viernes, monseñor Álvarez permanecía en prisión domiciliaria, acusado de tremendos delitos contra la seguridad nacional. Ese día, junto a otros 222 presos políticos, el régimen nicaragüense quiso subirlo a un avión rumbo a EEUU, forzándolo al exilio y quitándole, sin ningún derecho, la ciudadanía nicaragüense. Pero este obispo de 56 años y frágil salud, conocido por su libertad frente a la tiranía, se negó a subir al avión. La furia del régimen frente a este hombre “desarmado” de todo, menos de su fe y su libertad, ha sido evidente: se le ha condenado de manera exprés y sin ninguna garantía a 26 años de prisión, condena que ha empezado ya a cumplir al ser encerrado en una celda de la cárcel Modelo de Managua junto a otros ocho presos.

Habría sido perfectamente legítimo y comprensible que monseñor Álvarez hubiese aceptado el exilio, incluso es posible que con la libertad de movimientos recobrada hubiese podido prestar servicios importantes a la Iglesia y a su país. Pero él ha elegido otro servicio, otro testimonio de impresionante valor: el de una humanidad que, con toda su pobreza y escasez de medios, se planta frente a la violencia y a la mentira y dice “yo no”. Se comprende la prisa del régimen en castigarle y ocultarle, veremos hasta dónde llega, y por eso la comunidad internacional tiene una responsabilidad en proteger su seguridad. Rolando Álvarez no habría querido ser ni un héroe ni un mártir, pero en la encrucijada ha optado por el camino más difícil, sostenido por su fe y la fidelidad de su pueblo. Y de esta manera se ha convertido en semilla de futuro para la Iglesia y para su país.