Letonia vive su invierno más complicado con la inflación desbocada y la amenaza en la frontera
Ángel Expósito viaja hasta la frontera de Europa con Rusia para visitar la base militar de la OTAN y ver cómo es el día a día en un país con el 20% de inflación.
Madrid - Publicado el - Actualizado
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El estallido de la guerra de Ucrania hizo que nos diéramos de bruces con una realidad que no habíamos querido ver: la frontera de la Unión Europea con Rusia se ha convertido en uno de los puntos más calientes del mundo.
Hemos querido encender hoy La Linterna en Letonia para explicarte cómo se vive en una frontera en la que se respira cierta tensión militar pero los problemas de la gente son muy parecidos a los tuyos o los míos. Ellos, como tú o como yo, están sufriendo las consecuencias económicas de la guerra. Saben que nos va a subir la factura del gas, esperan que no nos suban mucho el precio de los alimentos básicos... están preocupados por lo que pueda ocurrir con la inflación, ven que cada vez el sueldo les da para menos, y tienen miedo ante la incertidumbre y ante lo que pueda llegar a pasar. Hoy quiero explicarte cómo se vive en la frontera con Rusia.
Para eso quiero recorrer las calles de su capital, Riga, tienen un encanto especial. Tienen una mezcla entre soviético y europeo y muchas de ellas llaman la atención por su intenso colorido. A unos 30 minutos andando desde el ayuntamiento de Riga está la casa de Llanos. Es un bloque de tres pisos, muy alto y con una fachada bastante bien cuidada. Un edificio de esos a los que se accede por un código numérico. La lluvia que ha caído en los últimos meses ha provocado que esos números no se vean lo que hace muy complicado poder abrir.
Llanos es una viajera del mundo. Ha estado en muchos países haciendo lo que más le gusta: enseñar español. Fue a través de una página web dónde localizó una oferta de trabajo en una academia de Riga. Su jefe, también español le ayudó a encontrar este piso con el que comparte habitación con otra profesora francesa. Es un piso de unos 60 metros cuadrados. Está bien aislado y apenas se escuchan los ruidos que hacen los vecinos mientras sacan unos muebles de planta de abajo. Está bien distribuido, tiene sus dos habitaciones, un baño y la joya de la corona, su salón cocina…
Seguimos recorriendo la ciudad de Riga. Hoy nos ha tocado ver una imagen del cielo algo nublada. Para qué engañarnos, no hace muy buen tiempo. Está empezando a llover y hace viento y a pesar de que los termómetros marcan 6 grados, te puedo asegurar que la sensación térmica es de estar por debajo de los cero grados. Nos acercamos un poco más al centro.
Son las doce de la mañana y la catedral de la capital letona se hace oír con su repicar de campanas. Subimos una de la calles que parten de la plaza que rodea a este edificio tan emblemático. Justo en una esquina hay un café, está algo escondido, es un lugar pequeño pero muy acogedor y la verdad es que se agradece entrar y estar calentito después del frío que hay en la calle. Allí sentada nos encontramos con Paula.
Al igual que Llanos, Paula, gallega, se dedica a enseñar español muy cerquita de donde estamos, en una academia que lleva el nombre de “Picasso”. Lleva muy poquito aquí, desde el pasado 11 de septiembre, pero con tan solo un mes ya sabe perfectamente lo que se respira en un país que tiene como vecino a la Rusia de Putin. Da clases a una decena de letones. Las primeras clases las dedicó a cosas sencillas, la hora, el nombre, el lugar donde has nacido y el tiempo. Por cierto que este último capítulo le ha servido a Paula para darse cuenta de la realidad con la que se va a encontrar en estos próximos meses.
Con la fama que tienen los inviernos en este lugar tiene pinta de que Paula tendrá que cogerse bastante más ropa de abrigo si no quiere pasar frío. Lo que sí sabe con seguridad es que la factura de la calefacción le va a subir más de la cuenta.