Mis ojos lo han visto

Escucha la Firma de José Luis Restán del jueves 27 de febrero

Cada tarde se reza el Rosario en la Plaza de San Pedro por la recuperación del Papa Francisco
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Escucha la Firma de José Luis Restán del jueves 27 de febrero

José Luis Restán

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Ayer se publicó la catequesis que el Papa había preparado para la Audiencia General de este miércoles, y que, lógicamente, no ha podido pronunciar. En ella se refiere al episodio de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén. Allí se encontraban dos ancianos, Simeón y Ana, que reconocen la excepcionalidad del Niño y dejan estupefactos a sus padres. Ambos vivían marcados por el deseo de ver cumplidas las promesas hechas por Dios a Israel por medio de los profetas. Simeón, tocado por el Espíritu Santo, percibe en Jesús la presencia del Ungido del Señor y recuerda enseguida las palabras de Isaías: “un hijo se nos ha dado… el Príncipe de la paz".

Dice muy certeramente Francisco que Simeón abrazó a ese niño, pequeño e indefenso, que parecía descansar entre sus brazos, pero en realidad era él quien encontró el consuelo y la plenitud de su existencia abrazándolo. Veinte siglos más tarde, los cristianos de todo el mundo, al rezar las Completas al final del día, entonamos su mismo cántico: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, la que has presentado ante todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel». Lo mismo le sucedió a Ana, una mujer viuda dedicada enteramente al servicio del Templo y consagrada a la oración. Al ver al niño, Ana celebra al Dios de Israel y se lo cuenta alborozada a los demás.

Todo testimonio cristiano arranca de esa misma experiencia, la de haber encontrado, carnalmente, al Salvador del mundo, a ese al que todos esperan incluso sin conocer su nombre y su rostro, incluso peleando contra Él. Simeón reconoce que, a partir de ahí, su vida está cumplida. Podría morir sin miedo, porque conoce ya al que le espera. Pero, entre tanto, dedica su tiempo a proclamarlo, lo mismo que Ana. El Papa, en medio de sus limitaciones y sufrimientos de estos días, da testimonio de lo mismo: hemos encontrado al que es la Luz del mundo y de nuestra vida, pase lo que pase, y nuestra tarea es decirlo al mundo, con nuestras palabras y nuestra forma de vivir.

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