Carta del Papa a los Obispos de los Estados Unidos

"Los actos de gobierno deben y pueden ser objeto de juicio moral"

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acompañado por Howard Lutnick (derecha), director ejecutivo de Cantor Fitzgerald LP y candidato a secretario de Comercio de Estados Unidos, durante la firma de una orden ejecutiva en la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington, DC, EE. UU., el 10 de febrero de 2025
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Escucha la línea editorial de la mañana del miércoles 12 de febrero de 2025

Redacción digital

Madrid - Publicado el

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El cambio de gobierno legítima y democráticamente decidido por los ciudadanos estadounidenses no implica que todas y cada una de las decisiones adoptadas por la administración Trump deban ser aceptadas de manera acrítica. Los actos de gobierno deben y pueden ser objeto de juicio moral. Y esto es lo que el Papa Francisco ha hecho, en coherencia con el Evangelio y la tradición teológica y moral de la Iglesia católica, al dirigir una Carta a los Obispos católicos de Estados Unidos sobre el programa de deportaciones instaurado por el Gobierno estadounidense. Las convicciones y verdades expresadas en la carta son claras: ser emigrante no es ser criminal; el verdadero imperio de la ley es el que presta un trato digno a toda persona; el cristianismo no concibe al ser humano como un individuo aislado sino como una persona que se desarrolla en su relación con los demás; la sociedad no es un campo de batalla donde impera la ley del más fuerte y las ideologías corrompen la verdad de las cosas. Nada nuevo, a pesar de quienes pudieran rasgarse las vestiduras.

Nadie niega el derecho de las sociedades a proteger los bienes de la libertad y la justicia frente al crimen, ni el derecho de los Estados a regular los flujos migratorios. Pero eso nada tiene que ver con la discriminación y el maltrato a los migrantes. La Iglesia ha cuidado, protegido y defendido a emigrantes y refugiados desde el más absoluto respeto a sus derechos humanos, y va a seguir haciéndolo. Y esto, en el presente de Estados Unidos, implica no ceder a la tentación de narrativas que discriminan y causan injusticia. Implica también el deber cristiano de anteponer la caridad y la fraternidad a la lógica de la exclusión.

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