¿Comes por estrés o por ansiedad? 3 claves para evitarlo
El hambre emocional nos expone a sufrir trastornos alimentarios
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Carmen Labayen explica las claves para evitar comer por estrés o por ansiedad
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No comemos lo mismo si estamos acompañados que cuando estamos solos ni si estamos contentos que cuando nos inundan la tristeza o la frustración. Buscar habitualmente en la comida una solución o una huida de nuestros estados emocionales negativos nos expone al riesgo de desarrollar Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). Los alimentos es lo que más a mano tenemos para calmarnos pero solo funciona a corto plazo.
Después viene la sensación de culpa y de frustración y, de nuevo, el malestar y, para tratar de sentirnos mejor, podemos volver a recurrir al poder reconfortante de la comida. Entramos, con ello, en un círculo vicioso de difícil salida: “no hay nada que genere más dependencia que aquello que alivia un gran malestar, es un refuerzo incluso mayor que el que establecemos con el placer. Si comemos siempre que nos sentimos mal, nuestro cerebro lo va asociando y esto poco a poco se va a imponiendo a otras estrategias para afrontar mi malestar”, explica la nutricionista y psicóloga Juan María Fernández.
Tres claves para dar esquinazo al hambre emocional
1.-No luches contra la comida, no caigas en compensaciones ni en restricciones. La alimentación no debe ser una forma de control sino de autocuidado. Más que en lo que puedes suprimir de tu dieta piensa en qué puedes añadir para que sea más equilibrada.
2.-Busca alternativas a la comida para gestionar las emociones negativas y anótalas para recurrir a ellas cuando sientas ese malestar. Profundiza en lo que provoca que te sientas mal y en cómo reaccionas para poder cambiarlo.
3.-Sé consciente de lo que comes, cuándo lo comes y el contexto en el que lo haces. Aprende a recolocar la comida en su sitio. Si la situación te supera, pide ayuda profesional.
La restricción aumenta el riesgo de padecer un trastorno
En ciertas ocasiones al exceso alimentario al que nos lleva el hambre emocional le sigue una restricción alimentaria, una restricción que, a su vez nos provoca malestar, en este caso física, prolongando el bucle al infinito. Según afirma Fernández, “en un gran porcentaje las conductas alimentarias alteradas y los TCA, se desencadenan por la restricción, por esos momentos de control a los que siguen otros de descontrol o desinhibición de control. Nos culpamos y nos frustramos por no entender que la conducta alimentaria no es 100x100 voluntaria”.
400.000 personas sufren en nuestro país algún TCA. Según explica en COPE, la psiquiatra Belén Unzeta: “el mecanismo que activa este tipo de trastornos surge cuando no somos capaces de elaborar o de afrontar de forma sana las dificultades que nos van surgiendo y aprendemos que, ante tanta sensación de descontrol, la comida sí soy capaz de controlarla. Es verdad que ha habido un boom bastante importante de estos TCA en adolescentes jóvenes a partir de la pandemia y es importante detectarlos cuanto antes porque el poder tratarlos tempranamente mejora el diagnóstico”.
Alimentos crujientes para la ira y dulces para la tristeza
Hay alimentos que, según los expertos consultados por COPE, son reconfortantes para todos, por ejemplo el dulce y también van a influir mucho nuestras experiencias y vivencias, relacionadas por ejemplo con lo que nos hizo sentir bien en la infancia.
Cuando sentimos ira tendemos a recurrir a alimentos crujientes como las patatas fritas o el maíz tostado, echamos manos del dulce cuando estamos tristes y tendemos a tomar más carbohidratos para hacer frente a la ansiedad, la irritabilidad o la impulsividad.
“El cómo nos encontramos nosotros en relación con los demás también afecta al modo en el que comemos. La soledad por ejemplo afecta a como nos cuidamos. Si estamos cansados o frustrados o enfadados solemos recurrir más a la comida rápida y a procesados y cuando nos encontramos mejor de ánimo solemos dedicar más tiempo a cocinar y a preparar cosas más saludables”, señala la especialista en TAC Unzeta.
Ante algún déficit de vitamina o niveles bajos de serotonina, que es un neurotransmisor muy relacionado con el control de las emociones y los estados de ánimo, solemos recurrir a los alimentos ricos en triptófano como las nueces, el plátano o los lácteos. Con elevados niveles de estrés, nuestro sistema hormonal se descompensa y nuestro cerebro nos pide azúcares rápidos y grasas para equilibrar nuestro estado de ánimo.
El problema surge, subrayan, cuando de ser un refugio placentero puntual, tratar de solucionar nuestro malestar con la comida se convierte en algo recurrente y quedamos, entonces, atrapados por el hambre emocional.