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Madrid - Publicado el
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Nos encontramos muchas veces con Santos que han vivido en el más absoluto anonimato. De ellos se han conocido pocos datos, o momentos concretos que les han llevado a alcanzar la Santidad. Hoy celebramos a San Román, muy metido en el silencio. Su vida se sitúa en el siglo V. Se desconocen datos sobre su infancia.
A los 35 años decide llevar una vida totalmente de ermitaño situándose en el Poblado del Condat en la zona francesa del otro lado de los Pirineos. Siempre le sigue su hermano San Lupicio. Allí con su ayuda fundará el primer Monasterio Benedictino. Este Convento forjará muchos hombres buenos y Santos.
Entre ellos se encuentra San Eugendo, que llegaría a ser el cuarto Abad del Convento de Condat. Con el tiempo es ordenado sacerdote por el monje y obispo Hilario de Arlés. Su hermano fue un hombre de reflexión y contemplación. Por su parte, Román se dedicó a obras de misericordia realizando muchos milagros.
Entre ellos destaca la curación de un grupo de leprosos a los que atendía en su enfermedad. Tras bendecirles con la Señal de la Cruz en sus frentes al día siguiente despertaron todos sanos. Cuando le llegó la vejez pidió que fuese enterrado en uno de esos Monasterios que había abierto. San Román muere en el año 463.
Su culto se extendió rápidamente porque tenía fama de hacer milagros. Él pidió ser sepultado en un sitio accesible para todos. Encima de su sepulcro, se levantó una Iglesia. Fue en la zona de Pratz. Muchos le siguieron visitando y orando ante él porque se corrió que concedía muchas gracias. Su legado perdura desde el servicio y la compasión.